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TEMAS PARA CATEQUESIS
Y CONFERENCIA CUARESMALES

El encuentro con Jesucristo

INTRODUCCIÓN

La visita del Papa a España trae un mensaje: recordarnos el mandato de Jesús: "Seréis mis testigos" (Hch 1,8). Condición indispensable para ser testigo creíble es conocer de cerca los hechos o la persona de quien se testimonia. Así lo expresa 1 Jn 1,1-2: "Lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que contemplamos y tocaron nuestras manos acerca de la Palabra de .vida, pues la Vida se manifestó y nosotros la hemos visto y damos testimonio...”.

Si queremos cumplir la misión encomendada por el Señor de ser sus testigos hoy, no lo podremos hacer con lealtad ni de manera creíble si no hemos tenido la experiencia del encuentro vivo con Él, de haber oído, visto y tocado la Palabra de vida. Por eso la primera prioridad que ha propuesto la Conferencia Episcopal Española en su Plan pastoral para el cuatrienio 2002-2005 es el encuentro con el Misterio de Cristo (Una Iglesia esperanzada. "¡Mar adentro!", n. 15).

¿Es esto posible para los que no hemos vivido en los tiempos históricos de Jesús? Sí, porque la fe es, primaria y fundamentalmente, el encuentro con Jesucristo vivo. Hoy podemos revivir una experiencia similar a la de los primeros testigos. Cristo es también contemporáneo nuestro. Veamos en qué consiste esa experiencia, examinando el primer encuentro de los discípulos con Jesús, tal como lo narra el cuarto Evangelio (Jn 1,31-42), que nos puede servir de "icono" de esta catequesis:

Juan dio testimonio diciendo: "He contemplado al Espíritu que bajaba del cielo como una paloma y se posó sobre Él. Yo no oe conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: 'Aquel sobre quien veas bajar el Espíritu y posarse sobre él, ése es el que ha de bautizar con Espíritu Santo'. Y yo le he visto y he dado testimonio de que éste es el Hijo de Dios".

Al día siguiente estaba de nuevo Juan con dos de sus discípulos y fijándose en Jesús que pasaba, dice: "Este es el Cordero de Dios". Los dos discípulos oyeron sus palabras y siguieron a Jesús. Jesús se volvió y al ver que lo seguían, les pregunta: "¿Qué buscáis?". Ellos le contestaron: "Rabí (que signfica 'Maestro') ¿dónde vives?" Él les dijo: "Venid y lo veréis". Entonces fueron, vieron dónde vivía y se quedaron con Él aquel día. Serían las cuatro de la tarde.

Andrés, hermano de Simón Pedro, era uno de los dos que oyeron a Juan y siguieron a Jesús. Encuentra primero a su hermano Simón y le dice: "Hemos encontrado al Mesías" (que significa 'Cristo'). Y lo llevó a Jesús. Jesús se le quedó mirando y le dijo: "Tú eres Simón, el hijo de Juan; tú te llamarás Cefas (que se traduce 'Pedro')".

1.- "ÉSTE ES EL CORDERO DE DIOS" (Jn 1,36). EL ACCESO A JESÚS Y LA MEDIACIÓN HUMANA

1.1.- El testimonio de Juan Bautista

Podemos definir este pasaje como un encadenamiento de testigos: comienza con el testimonio del Padre en el Jordán, sigue con el del Bautista, continúa con el de Andrés, prosigue con el de Felipe (cf. Jn 1,45) y culmina con el de Jesús (cf. Jn 1,48-51).

Para los dos primeros discípulos su punto de enlace y acceso a Jesús es Juan Bautista. Eran ya discípulos de Juan, se fían de él y le han escuchado varios "mensajes" acerca de Jesús, que para ellos, conocedores del Antiguo Testamento, tenían claras referencias mesiánicas:

— Es el "Ungido por el Espíritu Santo", que, según había sido profetizado por Is 61,1ss, había de anunciar la buena nueva a los pobres, vendar los corazones rotos, liberar a los cautivos, pregonar el año de gracia del Señor para consolar a los que lloran.

— Es el "Elegido de Dios, el Hijo de Dios", es decir, el profetizado por Is 42,1ss como el Siervo de Yahvéh elegido por él y en el que se complace, sobre el que está su Espíritu para implantar el derecho a las naciones.

— Es el "Cordero de Dios", es decir, el Siervo de Yahveh, que carga los pecados del mundo, según Is 53,7ss, que se ofrece como "cordero expiatorio" (cf. Lv 14) y cordero pascual (cf. Ex 12), señal de la redención de Israel.

1.2.- El testimonio y mediación eclesial en la fe

También para cada uno de nosotros ha habido alguien que ha hecho la función de Juan Bautista: Uno o varios cristianos, que nos han comunicado su vivencia de fe. Nosotros también estamos insertos en ese encadenamiento de testigos, que empalma con la Iglesia primitiva: "Lo que hemos visto y oído os lo anunciamos para que también vosotros estéis en comunión con nosotros y nosotros estamos en comunión con el Padre y con su Hijo Jesucristo" (1 Jn 1,3).

Generación tras generación, desde los Apóstoles, ha ido pasando el "testigo" de la fe y el testimonio de Cristo vivo. Gracias a la sucesión apostólica tenemos la garantía en el Espíritu de que la doctrina y el testimonio sobre Jesús es auténtico (cf. LG 20). La Iglesia, a la que confesamos como apostólica, "sigue siendo enseñada, santificada y dirigida por los apóstoles hasta la vuelta de Cristo gracias a aquellos que les suceden en su ministerio pastoral, el colegio de los obispos, a los que asisten los presbíteros, juntamente con el sucesor de Pedro y Sumo Pastor de la Iglesia" (Catecismo de la Iglesia Católica 857).

En esa Iglesia apostólica hemos recibido la fe y el Bautismo. A través de múltiples mediaciones que para cada uno tienen nombres propios y rostros personales hemos sido iniciados en la fe, hemos tenido las primeras "noticias" de Jesucristo, se nos ha enseñado a rezarle y a amarle, hemos sido educados cristianamente y hemos ido madurando en la fe. Los padres, la familia, la parroquia, los sacerdotes, los catequistas, el grupo o la comunidad cristiana...

A través del Credo que hemos recibido, de la catequesis, de la lectura en la Iglesia de la Sagrada Escritura, de la profundización de los Santos Padres y de los teólogos, penetramos en el misterio de Cristo, como los discípulos del Bautista aprendieron de él a interpretar las profecías y verlas cumplidas en Jesús.

Los creyentes de hoy nos adherimos a la fe normalmente "ex auditu", porque "hemos oído" de otros quién es Jesús. Pero para mantenerla viva y para poder comunicarla necesitamos de algún modo también "ver", tener la experiencia personal de haber contemplado el rostro de Jesús. El Papa nos recuerda el episodio de aquellos griegos que habían acudido a Jerusalén para la peregrinación pascual y le pidieron al Apóstol Felipe: "Queremos ver a Jesús" (Jn 12,21) y nos dice: "Como aquellos peregrinos de hace dos mil años, los hombres de nuestro tiempo, quizás no siempre conscientemente, piden a los creyentes de hoy no solo 'hablar' de Cristo, sino en cierto modo hacérselo 'ver'" (NMI 16).

2.- "VENID Y VERÉIS" (Jn 1,39). La experiencia de la fe

2.1.- Un encuentro personal

Jn 1,35-36: Un día Jesús pasó de nuevo por el lugar donde Juan bautizaba. Éste hizo saber a dos de sus discípulos que aquel hombre era el Cordero de Dios, el Mesías. Éste es un hecho real también hoy: Jesús pasa a nuestro lado. Él, que resucitó y está vivo, prometió: "Yo estaré con vosotros todos los días hasta el fin del mundo" (Mt 28,20). Su presencia, por el poder del Espíritu Santo, es múltiple:

En la Palabra de Dios
En la Eucaristía
En la acción sacramental
En la comunidad reunida en su nombre
En sus ministros
En el alma en gracia
En los pobres…

Para descubrir esta presencia real, aunque de distinto modo en cada una, es necesario el testimonio de la Iglesia, que se recibe en la fe. (Este tema se ampliará en la 2ª catequesis).

Jn 1,37: Los dos discípulos siguieron a Jesús. La palabra "seguimiento" es un término técnico para indicar el ser cristiano: no lo es aquel que se adhiere sólo a una doctrina o a unas normas de conducta acordes con el Evangelio, sino el que sigue y se adhiere a la persona de Jesucristo y por eso trata de configurarse a Él en su estilo de vida. El Cardenal Josef Ratzinger ha expresado profunda y bellamente el significado del seguimiento de Crxisto:

"Cristo se ofrece como camino de mi vida. Seguimiento de Cristo no significa imitar al hombre Jesús. Una tentativa similar necesariamente fracasa, sería un anacronismo. El seguimiento de Cristo tiene una meta mucho más alta: asimilarse a Cristo y, de este modo, llegar a la unión con Dios. Una palabra como ésta quizá suena extraña a los oídos del hombre moderno. Pero en realidad todos tenemos sed de infinito: de una libertad infinita, de una felicidad sin límites. Toda la historia de as revoluciones de los últimos doscientos años se explica sólo así. La droga se explica así. El hombre no se contenta con soluciones por debajo del nivel de la divinización. Pero todos los caminos ofrecidos por la 'serpiente' (Gn 3,5), es decir, por la sabiduría mundana, fracasan. El único camino es la comunión con Cristo, realizable en la vida sacramental. Seguimiento de Cristo no es un argumento moral, sino un tema 'mistérico', un conjunto de acción divina y de respuesta nuestra" (Discurso en el Jubileo de Catequistas).

Aquí nos encontramos con el primer momento del atractivo y seducción que Jesucristo ejerce, por el impacto que provoca en aquellos jóvenes las palabras del Bautista. Más o menos explícito, siempre hay un primer momento de impacto de la figura de Jesucristo, para que se encienda la llama de la fe. La acción de la gracia se puede servir de muchos medios para ello: la lectura de un texto bíblico, la palabra de un amigo, la belleza de una música, el dolor de una persona, el testimonio del amor servicial, el interrogante por la vida...

Jn 1,38: Se establece un diálogo entre Jesús y los discípulos, que hace comprender la necesidad de personalización de la fe. Cada cual se tiene que poner cara a cara ante el Señor, dejarse mirar por Él y atreverse a ahondar en las preguntas profundas: ¿Qué queréis? ¿Qué buscáis en la vida? ¿Cuáles son vuestros interrogantes, vuestras dudas, vuestras ilusiones? Jesucristo en sus encuentros con las personas les plantea siempre cuestiones de fondo. Podemos recordar la conversación con la Samaritana, con el joven rico, con Zaqueo, con los discípulos de Emaús. Cristo es la respuesta a las preguntas más profundas del corazón humano.

2.2.- El Misterio de la persona de Jesucristo

Maestro, ¿dónde vives?: Entre los numerosos títulos que en el Evangelio se le aplican a Jesús, está el de Rabí, Maestro. Pero no se trata de un Maestro de la Ley o simplemente de un Maestro que enseña un conjunto de doctrinas, de verdades o de normas de conducta. Los discípulos sabían, por lo que les había dicho el Bautista, que aquel hombre era más que eso, que en su persona se encerraba el Misterio de la promesa de Dios. Por eso no preguntan ¿qué doctrina enseñas? ni, como el joven rico, ¿qué tengo que hacer de bueno para conseguir la vida eterna? (Cf. Mt 19,16). En su pregunta ellos tratan de descubrir el Misterio de la persona de Jesús: dónde vive, de dónde procede, a qué se dedica, cuál es su vida.

Venid y veréis: El Señor les invita a "ver", a contemplar, a conocer por experiencia. Esta invitación es permanente y actual. El Papa, en la Carta Novo Millennio Ineunte (nn. 16-28) nos exhorta, como prolongación del Gran Jubileo, a contemplar el rostro de Cristo, a descubrir y ahondar su misterio, el del Dios-Hombre, el rostro visible de Dios, el rostro doliente, porque es "rostro de pecado", al haber cargado con los pecados de la humanidad, y a la vez el rostro glorioso del resucitado que vive y hace vivir. De igual modo la Conferencia Episcopal Española en su Plan de Pastoral (2002-2005) Una Iglesia esperanzada, propone como primer gran objetivo facilitar el encuentro con el Misterio de Cristo, que es "el Misterio ya no distante, sino asequible y cercano, que se hace contemporáneo a nosotros hoy en la Iglesia. Estamos invitados a vivir la misma experiencia de los primeros discípulos: 'venid y veréis' (Jn 1,39)" (n. 15).

La persona de Jesucristo, a la que nos adherimos los cristianos, no es simplemente un gran personaje que existió y que nos puede atraer por su doctrina. Ni es solamente un hombre comprometido a favor de los hombres, cuya conducta moral es punto de referencia, sino que es el Hijo de Dios, que en un momento concreto de la historia se hizo hombre para salvar al hombre dcel pecado y de la muerte eterna, por su Muerte y Resurrección. Él continúa presente en la historia y con el que podemos entrar en relación. Así lo dice la Conferencia Episcopal en el Plan citado: "El encuentro con Jesucristo por la fe no es sólo un conocimiento intelectual ni la mera asimilación de una doctrina o un sistema de valores. Lo que impacta y transforma a la persona es el vivir con él, que dará paso a vivir como él, para vivir en él" (n. 16).

Si no se descubre a Jesucristo, la moral cristiana será un conjunto de normas difíciles de entender y más de practicar, y se acabará convirtiendo en un yugo insoportable. Si se le descubre a Él y su amor, Él es nuestro descanso y felicidad: "Venid a mí los que estáis cansados y agobiados, que yo os aliviaré..." (Mt 11,30). La vida moral será la expresión del amor de correspondencia a Aquel que nos amó hasta el extremo (cf. Jn 13,1), de Aquél que, como confesaba Pablo "me amó y se entregó por mí" (Gal 2,20). Por eso el mismo Pablo que había tenido un encuentro con Jesús, que transformó su vida, dirá a los cristianos: "Que Cristo habite por la fe en vuestros corazones para que, arraigados y cimentados en el amor, podáis comprender con todos los santos cuál es la anchura, la longitud, la altura y la profundidad, y conocer el amor de Cristo, que excede toda filosofía" (Ef 3,17-19).

3.3.- En la intimidad de la oración

Jn 1,39: Vieron dónde vivía y se quedaron con él aquel día: Estar con el Señor, entrar en el círculo de su amistad y compañía, pertenece a la misma esencia de la vocación apostólica: "Los llamó para que estuvieran con él y para enviarlos a predicar" (Mc 3,14). Esa intimidad con Jesucristo es necesaria para descubrir su Misterio, como ha recordado el Papa: "Sólo la experiencia del silencio y de la oración ofrece el horizonte adecuado en el que puede madurar y desarrollarse el conocimiento más auténtico, fiel y coherente de aquel Misterio..." (NMI 20). También lo han hecho nuestros obispos en el Plan Pastoral: "Somos conscientes de que, para llegar a la madurez cristiana de las personas y de los grupos, es necesario que la vida se centre y se sustente en Jesucristo, tal como Él mismo nos lo dejo dicho: 'Sin Mí no podéis hacer nada' (Jn 15,5); y que se cultive la intimidad personal con Él, como lo han hecho siempre los santos. La oración es el cimiento para una formación cristiana más completa y para la respuesta generosa incluso a la vocación sacerdotal o a la vida consagrada, si Dios llama por ese camino" n. 16).

— Para la vida cristiana la oración es necesaria por varias razones:

1º) Porque ejercita lo esencial de la fe, que es la amistad con el Señor, según la definición de Santa Teresa: "tratar de amistad estando muchas veces tratando a solas con quien sabemos nos ama" (Vida, 8,5).

2ª) Porque nos introduce en el "ser": "Es importante que lo que nos propongamos, con la ayuda de Dios, esté fundado en la contemplación y en la oración. El nuestro es un tiempo de continuo movimiento, que a menudo desemboca en el activismo, con el riesgo fácil de 'hacer por hacer'. Tenemos que resistir a esta tentación, buscando 'ser' antes que 'hacer” (NMI 15).

3º) Porque es consecuencia de creer en la primacía de la gracia: "Trabajar con mayor confianza en una pastoral que dé prioridad a la oración, personal y comunitaria, significa respetar un principio esencial de la visión cristiana de la vida: la primacía de la gracia. Hay una tentación que insidia siempre todo camino espiritual y la acción pastoral misma: pensar que los resultados dependen de nuestra capacidad de hacer y programar" (NMI 38).

— El Espíritu, que guía a la Iglesia, ha suscitado en ella distintas formas de oración, tal como explica el Catecismo de la Iglesia Católica (n. 2623-2643): la bendición y adoración, la petición, la intercesión, la acción de gracias, la alabanza. Asimismo la Iglesia ofrece una rica experiencia en maestros de oración y en métodos y expresiones (oración vocal, meditación, contemplación), así como lugares favorables para la oración y expresiones (Ibid. n. 2683-2719). Una forma concreta, cuya validez estamos redescubriendo es la "lectio divina", que como recuerda el Papa, "permite encontrar en el texto bíblico la palabra viva que interpela, orienta y modela la existencia" (NMI 39). Algo así podemos suponer que fue aquel primer encuentro de los discípulos con Jesucristo.

— En consecuencia, se impone la educación para la oración. Todas las comunidades cristianas deben ser "escuelas de oración", donde se practique y se enseñe la oración, lo cual no las alejará de su compromiso en la historia, sino que lo potenciará (cf. NMI 33). Y "la oración debe convertirse de alguna manera en un punto determinante de toda programación pastoral" (NMI 34).

— En esta escuela de la oración, tenemos una Maestra especialmente experimentada: María, que tan de cerca ha vivido el Misterio de Cristo, haciéndolo carne de su carne y contemplándolo en su corazón. El Papa, al exhortarnos al rezo del Rosario en su última Carta Apostólica, continúa con la exhortación a contemplar el rostro de Cristo y su Misterio, que hizo en NMI, poniendo a María como modelo: "La contemplación de Cristo tiene en María su modelo insuperable. El rostro del Hijo le pertenece de un modo especial. Ha sido en su vientre donde se ha formado, tomando también de Ella una semejanza humana que evoca una intimidad espiritual ciertamente más grande aún. Nadie se ha dedicado con la asiduidad de María a la contemplación del rostro de Cristo. (...) María propone continuamente a los creyentes los misterios de su Hijo, con el deseo de que sean contemplados, para que puedan derramar toda su fuerza salvadora. Cuando recita el rosario, la comunidad cristiana está en sintonía con el recuerdo y con la mirada de María" (n. 10-11).

3.4.- Un encuentro que marca

Jn 1,39: Serían las cuatro de la tarde. Este detalle concreto, de que aquel primer encuentro tuvo lugar hacia las cuatro de la tarde, significa que supuso un fuerte impacto en los protagonistas y les dejó marcados, de modo que lo pueden recordar con detalle muchos años después. Qué ocurrió allí no lo sabemos más que por las consecuencias: se confirmaron en lo que habían oído al Bautista, pero ya no lo sabían sólo "de oídas", sino por lo que habían visto y experimentado, de modo que decidieron dejar a Juan y hacerse discípulos de Jesús.

Para que eso ocurriera tuvo que pasarles algo parecido a lo de los discípulos de Emaús: "¿No estaba ardiendo nuestro corazón cuando nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?" (Lc 24 32). Ese fuego del corazón indica que el encuentro con el Señor llega hasta la afectividad. Fue un encuentro gozoso e ilusionante. Es lo que el Papa dice cuando comenta que el encuentro con el Señor vivido en la oración se expresa también en "la viveza del afecto hasta el 'arrebato del corazón'" (NMI 33). No se trata tanto del arrebato de los sentimientos o de las emociones, cuanto el del amor, porque como advierte el mismo Papa, buen conocedor de San Juan de la Cruz, la experiencia mística "encuentra también dolorosas purificaciones (la 'noche oscura'), pero llega de muchas formas posibles, al indecible gozo vivido por los místicos como 'unión esponsal'" (NMI 33; cf 27).

— Este encuentro deja una huella imborrable y marca la vida. Sin él no se entiende la vida de los santos. Ellos han descubierto en Cristo el valor supremo, el único tesoro, como dirá San Pablo: "Lo que era para mí ganancia lo juzgo pérdida a causa de Cristo. Y más aún, juzgo que todo es pérdida ante la sublimidad del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por quien perdí todas las cosas y las tengo por basura para ganar a Cristo y ser hallado en él... No que lo tenga ya conseguido o que sea perfecto, sino que continúo mi carrera por si consigo alcanzarlo, habiendo sido yo mismo alcanzado por Cristo Jesús" (Fp 3,7-12). Por tanto, un primer encuentro es el comienzo de una historia de encuentros, porque la vida cristiana es un dinamismo de seguimiento del Señor, un camino de fe.

— Lo que les ocurrió a los Apóstoles sigue siendo real en los creyentes de todos los tiempos, aunque no tenga connotaciones materiales y visibles. Nos gustaría, como a Tomás, ver y tocar, pero Jesucristo nos recuerda que la fe tiene otro tipo de evidencias y siempre está amenazada de la oscuridad; por eso nos felicita: "Bienaventurados los que crean sin haber visto" (Jn 20,29). La verdadera claridad de la fe es el amor, como sabían aquellos cristianos que ya pertenecían a la segunda generación y tampoco habían conocido físicamente a Jesús: "...Jesucristo, a quien amáis sin haberlo visto; en quien creéis, aunque de momento no lo veáis, rebosando de alegría inefable y gloriosa; y alcanzáis la meta de vuestra fe, la salvación de las almas" (1 Pt 1,8-9).

4.- "HEMOS ENCONTRADO AL MESÍAS" (Jn 1,41). LA COMUNICACIÓN DE LA EXPERIENCIA

Lo que ha dejado huella en la persona y ha impactado en la afectividad, se deja traslucir y se comunica como un verdadero descubrimiento. Es lo que hace Andrés inmediatamente, al amanecer del día siguiente, que comunica a su hermano Simón: "Hemos encontrado al Mesías" (Jn 1,41). Le da noticia de su encuentro, de lo que ha visto y oído. Es un verdadero testigo, que se convierte en evangelizador verdadero porque testimonia su propia experiencia. Lo mismo les ocurre a los discípulos de Emaús, que fueron corriendo a comunicar a los Once que habían descubierto a l Señor resucitado (cf. Lc 24, 33-35).

La comunicación se hace a las personas más inmediatas, con las que se entra en contacto por relación normal. En este caso Andrés con su hermano Simón. Esta es una "ley de la evangelización": siempre se ha comunicado el Evangelio de una manera espontánea en las relaciones normales y cercanas de la vida. Es el apostolado de lo cotidiano, de la familia (cf. Plan CEE, n. 32), del trabajo, de la vida social. Así ocurrió en la primitiva Iglesia, tal como relatan los Hechos de los Apóstoles, y así ocurre en la actualidad (Cf. Evangelii Nuntiandi, Familiaris consortio, Christifideles Laici). (Este tema se ampliará en la Catequesis 3ª).

El anuncio que hace Andrés es lo esencial de la fe, anuncia el kerigma, a Jesús como el Cristo. No es una fórmula de libro, sino que anuncia al que ellos esperaban, su propia esperanza cumplida. Es la Buena Noticia, no de memoria, sino sentida como buena para él. El Cristo es el Salvador de la humanidad y de cada persona, la esperanza de la humanidad. como dice el Concilio, "el Señor es el sentido de la historia humana, el punto en el que convergen los deseos de la historia y de la civilización, el centro del género humano, el gozo del corazón humano y la plenitud de sus aspiraciones" (GS 45). Esto lo podrá decir un testigo cuando ha experimentado que eso es cierto en él, en su propia vida e historia personal: que Cristo da sentido a su vida, que es su felicidad, que le ha salvado de la amargura, del pecado, del odio, del hastío. Cuando hay cristianos que testifican esto, la Iglesia va creciendo por "contagio", como el poder expansivo del fuego.

"Y lo llevó a Jesús" (Jn 1,42). Pero Andrés no se limita a hablar de Jesús, sino que pone a su hermano en contacto con Él. La iniciación cristiana consiste fundamentalmente en provocar el encuentro personal con Jesucristo, para que la persona, como en el caso de Simón, pueda sentir la mirada amiga del Señor, que le llama por su nombre y que tiene un proyecto sobre él, en este caso concreto, el de ser Pedro, Piedra de la Iglesia. Y comienza aquí la historia de otro encuentro decisivo con el Señor.

CONCLUSIÓN: EL PAPA NOS MUESTRA A CRISTO

Pronto vamos a tener la oportunidad de encontrarnos con el sucesor de Pedro, el Papa. Su verdadero deseo es que este viaje provoque en nosotros un encuentro más profundo y vital con Jesucristo mismo, como hizo el Bautista con sus discípulos. Como Pedro, él Papa tiene también la misión de confirmar en la fe a los hermanos (cf. Lc 22,32). El Mensaje constante de su Pontificado ha sido anunciar a Jesucristo: desde aquel saludo primero: "¡No tengáis miedo, abrid las puertas al Redentor!", pasando por su primera encíclica Redemptor Hominis, hasta las celebraciones del Gran Jubileo del año 2000, conmemorando el nacimiento del Redentor, con sus Exhortación preparatoria Tertio Millennio Adveniente y la posterior Novo Millennio Ineunte, que nos invita a navegar mar adentro en la contemplación del rostro de Cristo.

El encuentro con el Papa será para nosotros gozoso porque su testimonio de Jesucristo nos confirmará en nuestra fe. Como fue gozoso el encuentro de los discípulos de Emaús, cuando corrieron a Jerusalén y los Once les anunciaran que era verdad que Jesucristo estaba vivo porque: "El Señor se ha aparecido a Simón" (Lc 24,34). Será el gozo de confirmar nuestra fe con la del sucesor de Pedro. Los testigos comunican su experiencia y el gozo crece: "Os anunciamos esto para que nuestro gozo sea completo" (1 Jn 1,4).

CUESTIONARIO PARA LA REFLEXIÓN PERSONAL
Y DIÁLOGO DE GRUPOS

¿Qué personas han influido más en nuestra vida de fe, como fue Juan Bautista para aquellos primeros discípulos? Podemos dar gracias a Dios y pedir por ellas. (Cf. Apartado 1.2).
¿Cuáles son las inquietudes y preguntas profundas de nuestra vida, a las que Cristo nos da respuesta, como a aquellos dos discípulos? (Cf. Apartado 2.1).
Comentamos nuestra experiencia de oración: cómo rezamos, quién nos ha enseñado, qué dificultades tenemos, qué nos falta para mejorar? (Cf. Apartado 3.3).
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