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Nuestras diócesis han aguardado y recibido también con ilusión, esperanza y afán renovados, esta nueva visita Apostólica del Santo Padre Juan Pablo II. En esta sección incluímos cartas de obispos de diócesis españolas en la espera, en la preparación y en la recepción de la Visita Papal.

Carta del Obispo de Bilbao

SERÉIS MIS TESTIGOS

13-04-2003

Dentro de un mes vivirán nuestras diócesis una jornada extraordinaria que nos recuerda otra de hace casi cuatro siglos. El día 12 de marzo de 1622 fueron canonizados por el papa Gregorio XV Sta. Teresa de Jesús, San Ignacio de Loyola, San Francisco Javier y San Isidro Labrador. El día 4 de mayo Juan Pablo II canonizará en Madrid a Pedro Poveda, José María Rubio, Genoveva Torres, Angela de la Cruz y María Maravillas de Jesús. ¡Una nueva floración de la santidad entre nosotros a lo largo del siglo XX!.

En el credo profesamos que la Iglesia es santa, ya que Jesucristo la ha santificado con su sangre para ser su esposa fiel y el Espíritu Santo actúa en ella como fuente inagotable de santidad. A pesar de tantas limitaciones, que ocupan en los medios de comunicación un puesto frecuentemente desmedido y sin duda descompensado por la ausencia casi sistemática de los aspectos positivos, no cesa la Iglesia de ser fecunda en obras admirables de amor a los necesitados, de evangelización como fermento de esperanza en la sociedad, de fidelidad sacrificada y humilde a Dios.

Los santos, es decir, los cristianos que han vivido unidos profundamente a Jesucristo y se han tomado a fondo el Evangelio como norma de vida, son la manifestación más espléndida de que Jesús está vivo en la Iglesia para el servicio de la humanidad. Por esto, la canonización de los santos, es decir, el reconocimiento autorizado y público de que unos hombres y mujeres, en situaciones y tiempos diferentes, han sido fiel retrato de Jesús, constituye para todos nosotros un motivo para bendecir la gracia de Dios y para alegrarnos por pertenecer a la Iglesia. La Madre Iglesia continúa siendo un seno virginal y fecundo; su capacidad para gestar santos y santas está viva, no se ha amortiguado ni extinguido. Dios al coronar a los santos corona su propia obra; Dios al coronar a los santos corona también la libertad otorgada a los hombres. El mejor fruto de la Iglesia son los santos que, sembrados en los surcos de la historia como granos de trigo (cf. Jn 12,24), murieron con Cristo y han fructificado con El. Los santos pertenecen al grupo de personas, cuyo conocimiento nos mueve a superar la mediocridad y tender a la excelencia, a vencer el egoísmo y vivir generosamente. Los mejores hijos de la Iglesia son también espejo en que se puede contemplar la humanidad.

De cada uno de los cinco santos, que serán canonizados el día 4 del próximo mes de mayo, quiero ofrecer, como muestra de agradecimiento, un mensaje sin duda relevante. En la escuela de Jesús, que tiene palabras de vida eterna (cf. Jn 6,68), han aprendido luminosas lecciones.

Del Padre P. Poveda, mártir y fundador de la Institución Teresiana, recojo unas palabras que nos hablan del secreto de la paz, precisamente cuando padecemos todos los horrores de la guerra: La paz que Jesucristo nos dejó (cf. Jn 4,27) “es la paz del alma, del corazón, de la conciencia, del cumplimiento del deber, de la razón que estima y aprecia en su justo valer las cosas, de la fortaleza que se mantiene intrépida en la lucha, que no es vencida por los halagos ni por las amenazas”.La paz entre los hombres se fragua en el corazón habitado por el Dios de la paz.

Una preciosa invitación nos dejó el Padre J. Mª Rubio, jesuita y apóstol de los barrios de Madrid: “Vivir la presencia de Dios como lámpara encendida”. Así como la luz junto al sagrario indica la presencia sacramental del Señor, sea nuestra conducta una señal permanente de la presencia de Dios en medio del mundo actual, en que muchos contemporáneos nuestros o se desentienden de El o si lo buscan no lo han encontrado todavía.

De la Madre Genoveva Torres, fundadora de las Religiosas Angélicas, recibimos estas palabras tan próximas al tenor evangélico y tan elocuentemente encarnadas en su vida: “El amor sin sufrimiento es sospechoso. El amor todo lo hace fácil”. Dicho de otra manera, el amor verdadero se acredita con el sufrimiento real por la persona amada (cf. Jn 15,13). Cuando a una persona se ama de verdad, no se cuentan los desvelos por ella. Los sucedáneos, que a veces han robado el nombre al amor, no resisten la comprobación de su autenticidad.

De la Madre Angela de la Cruz, conocida como la “madre de los pobres”, retengamos esta manifestación de los milagros que opera el amor cristiano: “Mi corazón se multiplica por ser entero para cada uno de los pobres que se ven necesitados, y me ocupo de sus penas como mías”. La entrega total a cada persona no disminuye la capacidad para darse enteramente a todas. El amor nunca divide, siempre multiplica; por eso, al odio sigue la división y, en cambio, el amor produce concordia.

La Madre Mª Maravillas de Jesús, carmelita descalza y fundadora de numerosos conventos, nos ha dejado estas palabras impresionantes, cuando la sociedad quiere superar el temor a la muerte, inseparablemente unido a la existencia humana, ocultándola por todos los medios a su alcance: “¿Miedo a la muerte? Si la muerte no es más que echarse en las manos de Dios”. Sólo la comunión confiada con el Dios de la vida vence realmente el temor a la muerte. La muerte no se vence negándola o aplazándola, sino mirándola de frente con los ojos iluminados por Jesucristo resucitado

Este florilegio de pensamientos perfuman el ambiente moral y alumbran nuestros pasos. ¡Cuánto podemos aprender de los santos, que tuvieron oportunidades y tentaciones semejantes a las nuestras!. Son testigos del Señor en nuestro tiempo, que se unen a “la nube de testigos” (cf. Heb 12,1), que nos han precedido y nos rodean para estimularnos en la fidelidad.

A la celebración de la canonización precederá un encuentro del papa con los jóvenes la tarde-noche del día 3. Todos conocemos la corriente de mutua simpatía entre Juan Pablo II y los jóvenes. Podemos afirmar a la luz de la experiencia reiterada que estos encuentros constituyen una ayuda preciosa para los participantes. Por ello, pido encarecidamente que por los diversos cauces de la diócesis se anime a los jóvenes a tomar parte en el próximo encuentro con el papa. Las familias espirituales a que pertenecen los nuevos santos están particularmente invitadas a promover la participación. Reavivará su fe en Jesucristo, les fortalecerá en su condición de cristianos al comienzo del tercer milenio, experimentarán la pertenencia a la Iglesia como una gracia profunda y gozosa. Con los demás obispos invito a los jóvenes: “Acudid a la cita, traed a vuestros amigos, los que creen y los que buscan”.

Estamos convencidos de que igual que en los viajes anteriores la próxima visita del papa será para la Iglesia y la sociedad un testimonio estimulante y un magisterio esclarecedor. Su autoridad moral está siendo como un faro luminoso en estas horas tan oscuras de la humanidad.

Termino esta comunicación invitando a todos a pedir a Dios que la paz verdadera llegue pronto a Irak, que refuerce en nosotros los sentimientos de misericordia y nos impulse a practicar el amor efectivo a las víctimas de la guerra.

Ricardo Blázque Pérez
Obispo de Bilbao

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